De cada viaje se trae un recuerdo, una sensación. Algo que se viene en la valija, en la mente o en el corazón. Algo que podemos evocar en cualquier momento con una sonrisa misteriosa que los demás no pueden interpretar.
PARIS. (Por Alfredo Luis Vega. Diciembre 2014)- “Yo he hablado de París según era en los primeros tiempos, cuando éramos muy pobres y muy felices”. Años después, el hombre que escribió esta frase decidió alejarse violentamente de esta vida, cuando ya no era ni tan pobre ni tan feliz. Se llamó Ernest Hemingway, ganador de los premios Pulitzer (1953) y Nobel (1954) Había nacido en Estados Unidos en 1899.
Aquel París de Hemingway, el que relató en “París era una fiesta”, era el de su juventud, su feliz matrimonio, el de su alegría por ser padre primerizo. Allí se instaló entre 1921 y 1926. Apenas comenzaba su camino literario compartió esos años de bohemia desbordante junto a Picasso, Scott Fitzgerald, Ezra Pound, Gertrude Stein, entre muchos otros que se movían en ese hervidero de pintores, literatos y revolucionarios del arte. Era un lindo tiempo de ilusiones para todos. Hemingway, apenas un novato corresponsal de prensa en Europa , ya había sido chofer de ambulancias en la Primera Guerra Mundial, donde resultó herido en las dos piernas. Todavía estaba muy lejos de la fama y el dinero que le darían “El Viejo y el mar” o “Por quién doblan las campanas”.
Ahora, la puerta de una sola hoja pintada de color azulado, parece esconder historias sobre aquel inquilino alto y fortachón del tercer piso a quien tantas veces vio pasar no siempre con la estabilidad de quien se mantiene sobrio. El 74 de la rue Cardinal Lemoine, en el arrondissment 5, pegado al barrio Latino, está en una angosta callejuela adoquinada con una vereda estrecha que se ensancha de pronto justo donde está la puerta. Sobre la pared, a la vista del pasante, una placa recuerda la estancia del escritor. Sin embargo, hoy casi nadie repara en ello. Más llama la atención el anuncio de la gira que prepara Johnny Hallyday. Todavía, a los 72 años, el rockero más famoso de Francia presenta su espectáculo “Rester vivant”. Con una mirada distinta sobre el significado de la vida y de la muerte, Hemingway decidió no vivir más allá de los 61 años.
Para quienes son devotos del escritor, París invita a recorrer los lugares que menciona en aquel libro. También ahora es invierno y el frío imperioso cayó sobre las ramas de los árboles que, desnudas, apuntan al cielo. En ese escenario, Hemingway habla de la Place Contrescarpe, barrida por el viento y la lluvia, del boulevard Saint-Michel, del Boulevard Saint-Germain. Pero era en los cafés donde se sentaba a escribir con un lápiz y una libretita que llevaba siempre en un bolsillo de su chaqueta muy usada. Sin dudas La Closerie des Lilas era su preferido, aunque también visitaba Le Dome o Les Deux Magots y el Café de Flore. Aunque modernizados, todos esos cafés siguen funcionando con marcado éxito. En agosto de 1945 el legendario Hotel Ritz era una sede militar ocupada por jerarcas nazis que salieron en rápida retirada. Cuando Hemingway entró en París con un grupo de partisanos consideró prioritario liberar el Ritz o ,mejor dicho, el bar del Ritz, que hoy se llama… “Hemingway”. Los camareros del lujoso Ritz están dispuestos a recordar esas historias reales o supuestas mientras uno bebe un exquisito Dry Martini.
La librería de Sylvia Beach se llamaba Shakespeare and Company. Estaba en el 12 de la rue de L´Odeon, aunque ahora cambió de dirección. Fue allí donde Hemingway consiguió alquilados, porque no podía comprarlos, la traducción al inglés de “La guerra y la Paz”, “El Jugador” y donde leyó todo Turgenev. No muy lejos , en la Ile Saint-Louis, Hemingway solía sentarse a reflexionar y observar a los pescadores que buscaban peces desde el jardincito al borde del agua. “Alguna veces –escribió- si el día lo permitía, compraba un litro de vino, pan y un salchichón y me sentaba al sol a leer y a mirar cómo pescaban”. Todavía hoy se pueden ver algunos pescadores que esperan el pique con tranquilidad atenta.
Fue en este París donde tuvo un hijo, escribió un libro y a lo mejor plantó un árbol para completar el personaje del proverbio. Hay por aquí un espíritu de Hemingway si uno se decide a buscarlo. Se conserva aún algo de su impronta en algunos sitios. Pero, si alguien quiere imaginarlo cerca, nada mejor que sentarse en un restaurante e invitarlo a compartir su menú favorito: un plato de ostras y un buen vino blanco seco. Seguro que acepta. Y si en los alrededores hay una bella mujer, es muy posible que se disponga a prolongar la sobremesa….